¿TRANSFORMAR LA SOCIEDAD O TRANSFORMAR LA EDUCACIÓN?

Olivier Reboul ¿Transformar la
sociedad, transformar la educación? 1971. Ed. Educación Hoy
Cuando yo estudiaba Pedagogía en
la Universidad, hace ya muchos años, un profesor hizo que los alumnos leyéramos
el libro de Olivier Reboul, y desde entonces, esa pregunta me ha acompañado,
sin encontrar definitivamente una respuesta. ¿Qué se debe abordar antes, qué es
más rentable, más útil, más posible, más urgente, más fácil, el cambio social o
el cambio de la educación?
Este dilema me ha acompañado
siempre en mi profesión, como una duda recurrente. Cuando escribí mi libro “La
enseñanza utópica. Una filosofía de la educación” hace más de 10 años, yo no
tenía reparos en admitir la tesis de un amigo, eminente economista, que se
prestó a decir unas palabras en el acto de presentación. Sin embargo, sus
palabras, explicando una tesis contraria a la que yo alentaba en el libro, me
abatían el ánimo y me descorazonaban. Yo, entonces, no me había decantado por
ninguna de las dos tesis del dilema, pero en mi práctica profesional, y en las
reflexiones que me llevaron a escribir el libro, estaba implícito que me sentía
más próxima a los que proponen transformar primero la educación para lograr el
cambio de la sociedad. Mi amigo era defensor de la tesis contraria. Como
economista, veía claramente que la educación era un bien para cualquier persona
y grupo social, pero la contundente realidad de los fenómenos sociales
dependientes de la economía (bien entendido que la economía es también una
forma de filosofía) le llevaba a afirmar que si las sociedades no cambiaban su
“filosofía económica” no habría escuela que pudiera transformar nada, a su
pesar. Según él, y eso yo lo compartía sin dificultad, la escuela no es sino un
reflejo de lo que la sociedad es, y a la vez está configurada para que devuelva
a ésta la imagen de sí misma, con toda la intención y con toda naturalidad. En
la escuela, los adultos tienen la correa de transmisión de sus valores, sus
tradiciones y sus principios más arraigados, traducidos en un compendio de
saberes que les parecen esenciales, para que las generaciones más jóvenes
aprendan a perpetuar lo recibido y se integren en la corriente social. Esto es
obvio.
En su libro, O. Rebull desgranaba
las antinomias (que no contradicciones) en las que todo docente se ve inmerso
al ejercer su profesión, (las teorías y propuestas de la pedagogía clásica, la
que pretende reproducir modelos consolidados y reconocidos como valores de la
cultura, frente a las tendencias de la pedagogía moderna y renovadora, que
buscan la promoción del nuevo individuo y la nueva sociedad, armados de
espíritu crítico e innovación) y proponía resolverlas una tras otra,
armonizando en la práctica lo mejor de cada una, sin dogmatismos ni posturas
extremas. Sin embargo, llegado al extremo de enfrentar la pregunta que da
título al libro, la respuesta de Reboul se decantaba por priorizar el cambio de
la Educación, potenciando además el proceso de la” Educación Permanente” para
expandir esos nuevos ciudadanos “educados” por el mundo y con ellos afrontar
más favorablemente el cambio social.
En realidad, ese proceso es el
que ahora, con la perspectiva de los años, desde que yo me gradué como
pedagoga, creo que ha sido la tendencia mayoritaria, y que esa perspectiva ha
terminado por imponerse. Tanto la educación formal como las iniciativas no
formales en todo el mundo responden más a la perspectiva de lo que nos espera,
del futuro, que al deseo de consolidar y perpetuar lo recibido, el pasado, y lo
hacen en gran medida con la esperanza de que por ese camino se pueda contribuir
a mejorar la sociedad del futuro. Así pues, la educación es reconocida por casi
todo el mundo como una herramienta primordial para el progreso de los pueblos,
y en ese concepto de progreso mundial se incluye el incierto pero indiscutible
desarrollo de las tecnologías, la globalización y la diversidad cultural, en
las que no cabe siquiera diseñar un boceto de lo que será útil y conveniente a
los individuos, pero se sospecha con fundamento que estará ligado a su
creatividad, su versatilidad, su resiliencia, valores todos acordes para un
entorno en constante cambio.
En aras de esa idea, algunos
países han apostado decididamente por fortalecer sus sistemas educativos, y han
logrado generaciones de jóvenes magníficamente preparados en una combinación de
acopio de saberes clásicos y capacidad de iniciativa y creatividad. La OCDE suele
ratificar con clasificaciones elogiosas a estos países en sus informes del
estado de la cuestión, y se da entre los primeros puestos una pugna reservada
sólo a unos pocos que repiten o varían levemente sus resultados. Uno de los más
favorecidos en este ranking es Corea del Sur.
 Y sucede que en el año 2019 se filma en ese
país una película que todo el mundo ve en sus salas de cine, entre otras cosas
porque gana un Oscar como la mejor película extranjera en Hollywood. La
película es una crítica social aplicable (según expertos conocedores de la
civilización coreana), más bien en los ámbitos urbanos, y en concreto en la
capital, Seúl, pero no tanto en el conjunto del país, lo cual obliga a
interpretar con cautela lo que en ella se manifiesta. Parece que el sistema educativo
coreano es realmente fuerte en sus niveles no universitarios, y capacita a los
jóvenes para competir en cultura y competencias básicas quedando muy por
delante de otros de su misma edad en el resto del mundo. El nivel universitario
es otra cosa, y ello porque ahí se da ya la división de la inequidad económica
que precisamente la película denuncia. Las universidades coreanas son en su
mayoría privadas y muy caras, al alcance sólo de los muy pudientes.
En palabras de Mireia Mullor,
redactora de la revista Esquire, el sistema económico coreano es “uno de los más avanzados del planeta, pero su capitalismo ha
causado estragos. Los surcoreanos trabajan, sí, pero
más del 30% de ellos está
sobrecualificado
para el empleo que
desempeña. Las expectativas creadas durante toda una vida, en la que los
estudios son de fácil acceso, colisionan con la realidad laboral. No todos
pueden acceder a las profesiones que anhelan, pero más de los que el sistema
puede absorber están preparados para ello”
Mireia Mullor 16/02/2020 www.esquire.com
De hecho, esa descripción empieza a ser
peligrosamente aplicable a países que salieron de la crisis del 2008 sin
conseguir una verdadera recuperación económica, y todavía arrastran una enorme
precariedad laboral para la mayoría de su población, como es el caso de España.
En este estado de cosas, mi opinión acerca del dilema que he venido comentando,
se decanta ya inevitablemente hacia la posición contraria, la que sostenía mi
amigo economista. La educación puede ser muy buena, incluso ser de las más
competitivas en los rankings internacionales, y los ciudadanos pueden desarrollar
capacidades excelentes con sólo cursar estudios obligatorios no universitarios,
pero eso no conduce indefectiblemente a un mejoramiento de la sociedad, y ni
siquiera supone una ventaja para esos ciudadanos su superioridad frente a sus
iguales en otros países, si sus posibilidades de prosperar con objetivos de
realización acordes a su valía se tienen que vincular con la emigración
forzosa. Emigrar no debería ser nunca una solución.
No se trata de eso. No caigamos en la
trampa. Cambiemos la educación, sí, pero tengamos claro que el cambio social
es, si no prioritario, al menos imprescindible, o nada de lo que mejoremos en
la escuela tendrá el sentido que habíamos querido darle.

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