De las editoriales y su rechazo de los libros de texto gratuitos

Carlos Marchena González, Director de la División Educativa de
Grupo Anaya, publicaba en el número 286 (Octubre-noviembre 2019) del Boletín del CDL (Colegio Oficial de Docentes) de Madrid, un artículo en el que se posicionaba en contra de la nueva política educativa de la Comunidad Autónoma de Madrid en lo que se refiere a la gratuidad de los libros de texto. El artículo se titula «Drones educativos», y merece algunas consideraciones pedagógicas. En primer lugar, para introducir al lector, el señor Marchena dice que 

«En cualquier caso, un dron es una aeronave sin tripulación. Y así es, precisamente, como algunos representantes políticos se muestran, sin rumbo.»

cuando en realidad no es lo mismo «sin tripulación» que «sin rumbo». Los drones, además, sí van tripulados, sólo que de forma electrónica y remota, pero desde luego, no les falta el rumbo; a los políticos tampoco. Pero eso no es lo más importante.  La cuestión central del artículo es la gratuidad de los libros de texto en los colegios, a cargo de la Comunidad de Madrid. En principio comparto su opinión sobre la falta de equidad de la medida: 

«La gratuidad indiscriminada, aplicada
de manera generalizada a toda la población escolar, representa una opción
claramente diferenciadora al igualar a
los discentes, y por tanto a las familias,
en este aspecto cuando las rentas económicas no lo son, beneficiando a los
que tienen un mayor poder adquisitivo.»

pero luego la cosa se empieza a torcer. Ante el hecho de que la periodicidad de compra de dichos libros por parte de la Comunidad, y el consiguiente sistema de préstamo a los alumnos tenga una duración mínima de 4 años, en los que sucesivos alumnos pueden utilizar exactamente el mismo libro que usaron sus antecesores en ese curso, el señor Marchena apunta ya la primera idea que quiero rebatir: 

«No se garantiza, en consecuencia,
que las innovaciones que se puedan ir
introduciendo en los proyectos editoriales lleguen, a la par, a todas las alumnas
y los alumnos y en todos los centros a la
vez, conviviendo propuestas de aprendizaje con cierta disparidad.»

Es decir, si un alumno ingresa a un curso con un libro que se editó hace 3 o 4 años y que ya otros usaron antes que él, estará en desventaja, o cuando menos en distinta «propuesta de aprendizaje»  que el alumno que tiene el libro «equivalente», pero recién editado y recién comprado.  ¿Esto parece a alguien un argumento de peso? ¿de verdad la editorial habrá de cambiar cada año su «propuesta de aprendizaje» por el bien de la educación y la enseñanza de ese curso? No tarda más que un párrafo el señor Marchena en contestar de forma implícita que no esa no es la verdadera causa que le mueve, cuando a continuación argumenta 

«Esta ausencia de parámetros referenciales de cómo, cuándo y dónde se
pueden llevar a efecto cambios en las
propuestas curriculares pone en riesgo
a la industria editorial, que conviene
recordar que se trata de creación intelectual. Es posible que este aspecto
no interese especialmente a nadie, e
incluso se perciba como un objetivo
por lograr, pero las familias sustentadas
tras la creación de los puestos de trabajo directos e indirectos que generan no
comparten esa opinión.»

No seré yo quien niegue el pan y la sal a los trabajadores de creación intelectual, porque me considero uno de ellos, pero la calidad de la educación no pasa indefectiblemente por la necesidad de que las editoriales puedan vender libros de texto  con «propuestas renovadas» todos los años para los mismos cursos. 
El autor continúa con otros argumentos, -que aunque no me parecen tampoco decisivos ni desinteresados, no discutiré aquí- en favor de las librerías de barrio, especie en extinción que sobrevive muchas veces gracias al comienzo del curso escolar y sus ventas correspondientes, prescritas por los Centros escolares, y se preocupa también de la posible generación de conflictos entre éstos y los padres de los alumnos a la hora de «adjudicar» este beneficio a sus hijos. Igualmente propone a la Comunidad que reformule sus inversiones: 

» ¿es lógico generar la burocratización de la gratuidad de materiales
curriculares? En tal caso, ¿Qué necesidad había de implantar una gratuidad
“selectiva” si ya existía un adecuado y
reconocido sistema de ayuda a las familias para tal fin? ¿No hubiese sido
suficiente con destinar más fondos a
tales ayudas? ¿No tiene el “andamiaje”
educativo de la Comunidad de Madrid
otras prioridades a las que destinar esta
importante partida presupuestaria?»

y para apoyar a los docentes, hace la reflexión que aboga por no cargar a los directores de Centros con el seguimiento burocrático de este proceso, y dejar que se concentren en su labor pedagógica: 

«La gestión administrativa en los centros, cómo no, también se ve notablemente incrementada desde el inicio
hasta el final del proceso y con el seguimiento permanente del mismo. ¿De
qué hablamos al referirnos a la dirección de los centros, a lo educativo o a
lo asistencial?»

De tal forma que podría parecer que el interés primordial del Director de la División Educativa del Grupo Anaya, lejos de centrarse en sus tareas profesionales como editor, está realmente sensibilizado con la misión educativa de sus libros. 

Yo me atrevo a hacerle una propuesta alternativa al sr. Marchena: desarrollen en la editorial su imaginación pedagógica. Hagan algo diferente. Innoven. Rompan el molde del libro «de texto». Sean los primeros en ver la nueva pedagogía, plasmada en sus libros. Conviertan los libros de texto en libros amigos, para siempre, para conservar, para releer, para consultar, para evocar los buenos años de la infancia, la pubertad, la adolescencia y hasta la juventud  (toda la etapa vital que se tutela con la educación formal) en la escuela Infantil, Primaria, el Instituto. Y no lo confundan con una nueva gama de productos tecnológicos. Esos son otro asunto. Mantengan su negocio de editores, pero sean originales. Les auguro ventas cuantiosas si con esos libros son capaces, además, de mantener vivo el gusto por la lectura durante todos esos años. 
Acompañen el currículo escolar con libros didácticos, llenos de información útil, necesaria
para alcanzar los objetivos de conocimiento y competencias, pero sobre todo, interesantes, amenos, claros, llenos de textos e ilustraciones adaptados a las capacidades evolutivas de los alumnos, en los que la actividad clave sea la lectura comprensiva, reflexiva, trabajada conscientemente, mejorada y consolidada con la ayuda de los profesores. Libros que muevan al diálogo, la curiosidad, el descubrimiento, el placer de leer y comprender todo tipo de materias: ciencias, naturaleza, historia, arte, literatura, matemática, filosofía, economía, ecología…etc. 
Hagan colecciones de libros ilustrados a la medida de sus lectores, y póngales amor pedagógico en cada página, series temáticas que avanzan a medida que el lector lo demanda con su curiosidad y sus necesidades de rendimiento académico, suscripciones personalizadas para los alumnos, ofertas familiares, etc… 
Hay ejemplos abundantes de libros en las bibliotecas, en los que se dan esas características. Lo malo es que no son esos los que han de prescribir los Centros. Ustedes tienen ya en marcha su propia línea de trabajo…

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